Cuentos

Una noche en el metro

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Esa noche no fui molestado por los muchachos que venden discos. Más bien, reconfortaron mi viaje  como en ningún otro día, tal vez por el frío y lo cálido del metro o lo tibio de mi abrigo y bufanda.

Todo el día estuvo lloviendo, al igual que la noche anterior a este y la pasada, por lo que se vio reflejado en el frío de esta noche. Ya voy a mi casa, después d algunos días de descanso en la vieja cabaña de mis padres, agotado por las horas de viaje en tren, camión, ahora metro. Trato de mirar por la ventana pero lo único que veo es soledad y aun así me siento excepcionalmente cómodo en mi asiento, viendo pasar a la gente, gente que sube, gente que baja, algunos pensativos y otros con una sonrisa después de haber mirado el celular o al escuchar una canción que les recuerda algo hermoso.

Veo todo como si estuviéramos en invierno siendo que aun es verano, todos con sus bufandas y abrigos, algunos con sudaderas muy gruesas o chamarras rompe viento grandísimas, tal vez de una talla más grande que la del propietario pero sin embargo calientan su caminar erguido por el frío, que no es tan fuerte pero es significativamente avasallante.

Es una de esas épocas del año en las que el mundo se voltea como si viviésemos tiempos de cambios y no es para menos, el cambio climático  ah cambiado el mundo a como lo conocíamos hace sesenta años, en donde invierno era invierno y tenía que nevar y en la primavera lo contrario, tenía que hacer un calor endemoniado.

La señora de al lado, señora de indiscutible presencia y glamour placentero; mira su reloj con insistencia, esperando la hora de la cita con el amor que había esperado toda su vida, renovando así los votos de su cariño.

Y yo, en cambio, miro pasar el tiempo, solo sintiendo amor por el abrigo, deseando sentirlo por un cuerpo candoroso y tierno. Finalmente llegue a mi destino y al levantarme, miro de nuevo las estaciones, desesperado un poco por que se abren demasiado lento las puertas del metro y la chica y el chico y el vendedor sonriente sienten lo mismo, solo algunas, las personas dormidas, están mezclando la fantasía y la realidad del tiempo, relajándose un poco.

(Esta pequeña narración la escribí en el mes de diciembre del 2008)

Hace unos años

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Roberto no creyó cuando se lo conté, tal vez creyó que era una de tantas historias que por las noches escribo. Lo que narre esa noche de copas, por así decirlo, fue muy raro. Trate de contarle lo que me ocurrió de la forma en que narro mis historias ficticias, como si le estuviera leyendo, como si estuviera escrito.

Este bar me recuerda muchos tiempos de mi juventud, de mi calentura temprana y de borracheras clandestinas. Recuerdo una noche especial, en la que estaba hospedado en este hotel. Acababa de regresar de una fiesta y era demasiado tarde para ir a mi casa.

En el primer hotel que me pareció agradable, era algo excéntrica la cercanía al museo de San Carlos, algo bohemio tal vez, pero tachando a lo clásico como me gustaba.

El recepcionista me dio la llave de la habitación a muy buen precio, mas barata que el precio designado en el pequeño letrerito metálico sobre la recepción, creo que le caí bien o algo, me dijo en que piso se encontraba pero yo no tenia ganas de dormirme todavía, así que pase al bar de abajo,  a este.

Al abrir con mi mano aquella puerta, como las de las cantinas del viejo oeste, pero más altas, todos voltearon a verme como el extraño que era, un forastero. Así como ahora, había un par de meseras de carisma medio medido o mas o menos sonrientes, casi forzado por así decirlo. Algunos tipos de traje, tal vez abogados, por el léxico jurídico que expresaban  notoriamente, me miraban de un modo curioso.

Eso le pasa a cualquiera-  me dijo Roberto.

Es ciento por ciento realidad absoluta, créeme.- le conteste algo enojado.

Ok, entonces me senté en la mesa próxima a la puerta (para poder huir rápidamente en caso de que se pusiera fea la cosa) entonces llego lupita, un chica chaparrita pero sexy, llegándole a los cuarenta. Le pedí una ginebra con agua tónica y le ofrecí sentarse conmigo, pero no quiso, me dijo que no se podía sentar con los clientes y menos con un mocoso como yo, que tenia cara de lujuriento.

Aun la tienes jajaja- burlonamente me externo mi compañero.

Pensé: como puede haber un lugar así, en el que las chavas no se sientan en tu mesa. Ahora se que no es un cabaret o burdel de mala muerte, si no mas bien un bar en   toda la extensión de la palabra, que tenia una reputación de clásico y elegante, pero en ese momento me pareció una soberana pendejada, así que pague mi cuenta y me fui.

La verdad es que, cuando crucé la puerta del bar, me entro una calentura de los mil demonios. Sabia que tenia que hacerlo con una chava esa noche y la verdad faltaban varios días para ver a mi novia y desquitar las ganas de desfogue sexual.

Ya era sabido por todos y mas por mi, que en las calles del  rumbo se practicaba la prostitucion y no estaban mal las muchachas, para nada, de hecho estaban hechas un bombón.

Me fui caminando lento para que se me bajara el cuete tantito, antes de llegar con las mujeres del placer banal y efímero, del dinero, practicantes del oficio más antiguo del mundo. Camine muy lento por aquel pequeño parque que esta a un costado del hotel y colindante con el museo, mirando la fuente sin agua, permanentemente sucia por el largo tiempo sin funcionar. Vi a un colega de juerga  sentado en una de las bancas del parque, cabizbajo, borracho.  Ya ni me quise acercar, la verdad solo buscaba desfogarme e irme a dormir. Cuando detrás de un árbol vi a una chava flaquita que estaba recargada en un árbol, esperando que pasara algún cliente. Andaba muy destapada, bueno, pero no hacia mucho frío, bueno, pero no como para enfermarse. Traía sus tacones altos de plataforma pero no me gustaron, se le veían poco atractivos. Pero me le acerque, salude y me dijo:

¿Hola guapo como estas?  ¿Qué andas haciendo tan solo?-

Y no dijo mas, solo puso su mano en mi entrepierna sin pena alguna más que la sentía por mi mirada morbosa incrustada entre su blusa. Desesperado hice la pregunta que se tenía que hacer tarde o temprano, le pregunte cual era el precio de sus favores, pero al mirarla a los ojos, me pareció una persona triste pero con cara en extremo conocida.

Me miro a los ojos y solo abrió sus carnosos labios para decirme:

Ciento cincuenta pesos y tu pagas el hotel.-

Le pregunte que si conocía de algún lugar, tal vez una tienda, un supermercado o algún lugar de esos donde uno suele encontrarse a la gente y solo se limito a negarlo rotundamente con la cabeza.

Sentía que la conocía pero no lograba recordar de donde, tal vez fue en el mismo lugar, en el mismo parque, pero definitivamente no me acordaba, posiblemente era cosa mía nada más.

La metí al hotel y los taxistas del bar se empezaron a reír a mis espaldas, me dio un poco de vergüenza el pensar que un hombre llegue a tales extremos para pasar un buen rato pero le sonreí a uno de ellos burlonamente y subí a mi habitación.

Ya dentro, mire a esa delgada y excitante chica de arriba para abajo con lujuria, pero al verle el rostro, algo más fuerte que yo me detuvo de tomarla en brazos con frenesí, entonces me dijo:

Ya sé que crees que me conoces y si, en verdad sabes quién soy solo que no te acuerdas, yo si me acuerdo de ti Gustavo.-

¡Sabia mi nombre! No sabía qué hacer, mi cabeza daba vueltas como un trompo tratando de recordarla. Rápidamente me puso la mano en mi boca para que dejara de hablar y dijo:

Vamos a hacer una cosa, hacemos lo que venimos a hacer y después te digo quien soy.-

No me la creía te lo juro, pero no pensé mas y la comenzó a desvestir poco a poco, prenda por prenda, disfrutando cada momento como si fuera el ultimo. Ella parecía que no estaba con cualquier cliente, eso se notaba a leguas, llegue a pensar que me trataría de una forma déspota e indiferente pero fue todo lo contrario, fue como si nuestros cuerpos se conocieran de toda la vida, acoplándose a la perfección sin ningún esfuerzo; en realidad se notaba que disfrutaba cada momento como lo hacía yo, me beso y no pude oponerme a ese cálido beso lleno de sentimientos verdaderos posiblemente impulsados por la química, que se yo.

Empezó a jadear de una manera indescriptible que nunca había visto en una mujer con la que me haya acostado, pronunciaba mi nombre entre jadeos desenfrenados y un manto de sentimientos sumamente bellos invadían mi cuerpo de una forma increíblemente erótica.

Sin prender la luz, nuestros cuerpos formaban figuras raras, como una pintura abstracta llena de formas geométricas que se deforman a cada movimiento, todo esto gracias al reflejo de la luz a través de la ventana que daba al parque y a la delgadez inesperada de las cortinas casi sedosas que rosaba el viento.

Descubrimos las poses diversas del sexo, cambiando las formas, explorando el erotismo que permanecía oculto dentro de nuestros corazones sedientos de pasión, hasta llegar al clímax.

Nos tiramos cansados en la cama y ella, prendió un cigarro con cautelosa delicadeza, me ofreció uno e hice lo mismo pero más brusco y limpie mi sudor con las sabanas alborotadas, después de la primera bocanada voltee a verla y sin dejarme decir palabra alguna me susurro al oído:

Siempre me pregunte como seria.-

¿Sería qué? Le pregunte.

Dramáticamente y tal vez triste me contesto:

Hacerlo contigo tonto… todos los hombres son iguales, te bajan el cielo y las estrellas, te dicen que eres todo para ellos y te llenan de amor falso. ¿Ya no te acuerdas de mí?-

Y le tuve que responder:

Perdóname, pero no te recuerdo, me pareces muy conocida pero lo desconozco, dímelo por favor.-

Soy Brenda, ¿ahora te acuerdas?

La tierra me tragaba en ese momento, una marejada de recuerdos invadía cada parte de mí, como si hubiera tenido amnesia y ahora, de golpe recordara todo, quería que todo fuera un sueño para despertar gritando.

¿Luego que paso?-  Me pregunto Roberto.

Era mi ex novia, que le iba a decir, solo me quede como tonto divagando algunos segundos pero pareciera que hubieran sido horas de silencio absoluto e incomodo y termine preguntando lo que preguntaría cualquier persona, le pregunte que desde cuando trabajaba en eso, que desde cuando se había lanzado a la perdición de las calles, que había sido de su vida.

Solo me dijo que a los pocos meses de haber terminado nuestra relación huyo de su casa para seguir un amor efímero, hasta que este, termino cambiando ese amor casi poético que Brenda le otorgaba, lanzándola a las calles. La necesidad la orillo a tomar ese camino del que ya no pudo salir nunca. En ese momento lo mío ya no era sorpresa, sino remordimiento, un tipo de llamado de conciencia que me martirizaría hasta el fin de mis días, solo por haberla olvidado, por seguir mi vida egoístamente sin fijarme en los demás y sin reprocharme nada. Sentí lastima por la vida que le toco, llena de carencias y sufrimientos, todo lo contrario de la mía y de eso se dio cuenta al decirme:

No te preocupes, estoy bien.-

Lo único que pude decir en ese momento tan embarazoso fue:

El destino nos lleva por caminos diferentes con destinos inciertos que nunca nos hubiéramos imaginado jamás.-

Ella asintió con la cabeza y se dio vuelta dándome la espalda, todo quedo en silencio por varios minutos, ella no se movía y yo al pie de la cama, me quede pensando en los misterios de la vida. Supe que ese era el final del camino, el final de la aventura que me cambio por siempre.

Brenda, quien pensé algún tiempo era el amor de mi vida, yacía desnuda, medio tapada por las finas sabanas, alumbrada por los delicados rayos de luz procedentes del parque, por los recuerdos y por mi mirada recordatorio del pasado.

Eso me paso esa noche, tal vez no creas ni una pizca de lo que te eh contado pero es verdad, una noche de borrachera como esta.-

Y después de todo, ¿qué hiciste?- Me pregunto mi amigo.

Solo Salí a hurtadillas mientras ella dormía, cerrando lentamente la puerta.

(Espero que este pequeño relato les haya gustado, lo escribí en el año 2006, acompañado de una buena botella de vodka).

Ilusión de una estación

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La belleza es la dos caras de la moneda, nadie sabe cómo se forma ni por qué está ahí, solo esta.

La mirada de aquella rubia, indecisa tal sonreírme tal vez por enaltecida autoestima y alocado sentimiento de grandeza, el contraste de la mía. Pero me mira y me hace pequeño con solo mirarme, tal vez sus ojos azules me intimidan y a la vez me fascinan del todo, trato de mirarla y admirar su cabello sedoso y sus hermosos labios y sus ojos bellos pero no puedo, quiebro la mirada.

Dicen que los ojos son las ventanas del alma y es cierto de alguna manera, mis ventanas reflejan temor por lo que pueda ocurrir, por lo que pueda pasar si hablo con ella o si le pregunto su nombre; hay miles de posibilidades pero le temo solo a una, el rechazo.

Ya me está sonriendo y yo estoy sudando, pero permanezco divagante al igual que nervioso, imaginando una historia de amor de lo más hermosa, salidas al parque, hijos, nietos y estar juntos hasta la muerte, solo eso, solo amor por décadas y décadas.

La paz del vagón se hace cada vez mas incomoda y yo, parado como una estatua sin hacer nada, sin muecas, sin saber que decir, sin saber qué hacer, solo parado como un adorno creado para la coloquial mirada de la gente y no sé qué hacer, estar ahí solamente.

Estoy cerca de llegar a mi destino y algo dentro de mí me imposibilita de decirle hola; ella se está levantando lentamente, se acerca a mí mientras las puertas del metro se abren, solo la miro con una ansiedad inexplicable, como buscando su mirada.

Nunca sabré lo que pudo haber pasado de haberle hablado, se paro justamente enfrente de mí y solo me dijo adiós, para perderse en el tiempo, caminando por los andenes.